El trigo está trascendiendo su rol tradicional en la alimentación para consolidarse como un eje estratégico de la bioeconomía mundial. Mediante un proceso que fermenta el almidón para obtener alcohol —similar a la producción de cerveza pero orientado a la destilación—, este cereal alimenta hoy complejos industriales que integran energía y nutrición. Potencias como Canadá y Francia lideran esta tendencia con plantas como Pound-Maker y Tereos, que no solo producen millones de litros de etanol, sino que aprovechan los coproductos proteicos para alimentar ganado en feedlots cercanos, cerrando un círculo de eficiencia productiva y comercial.

El mapa global de esta industria muestra un dinamismo creciente: mientras China opera capacidades masivas en plantas como Henan Tianguan, Brasil acelera su apuesta en Rio Grande do Sul con proyectos ambiciosos de firmas como Be8, que proyectan alcanzar los 220 millones de litros anuales para 2027. Estos desarrollos no se limitan a procesar descartes, sino que demandan una gestión sanitaria rigurosa y, en muchos casos, genética específica orientada al rendimiento de almidón, permitiendo valorizar el grano incluso cuando las condiciones climáticas o tecnológicas le impiden alcanzar los estándares de calidad panadera.

Para la Argentina, este escenario representa una oportunidad de diversificación sin precedentes. La instalación de biorefinerías de trigo en zonas clave permitiría transformar el cereal en combustible y burlanda para abastecer localmente a tambos y feedlots. Este modelo de negocio no solo ofrece una salida industrial rentable frente a las exigencias del mercado de exportación, sino que posiciona al trigo como una pieza fundamental para la transición energética y la soberanía alimentaria, convirtiendo cada hectárea en una fuente múltiple de valor agregado.

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