Joan Serra (Sabadell, 1952) es mucho más que un artesano; es un custodio de una técnica milenaria que sobrevive en el corazón de su ciudad natal. Al frente de su taller ‘L’Art del Vitrall’ desde 1984, Serra decidió cambiar los planos de ingeniería por el vidrio y el plomo tras un viaje iniciático inspirado por la lectura de Kerouac y la devoción de los maestros artesanos marroquíes. Hoy, a sus 73 años, su firma reside en joyas fundamentales del patrimonio catalán como el Palau Güell, la Casa Vicens y la Casa Lleó Morera, manteniendo vivo un oficio que exige una paciencia y una precisión que la automatización moderna no ha logrado replicar con la misma alma.
En su taller, el tiempo se acompasa al ritmo del corte manual y el emplomado, procesos que han permanecido prácticamente inalterados desde el gótico. Serra defiende la artesanía como una forma de resistencia y coherencia vital frente a un mundo obsesionado con la inmediatez y la rentabilidad económica. A pesar de la creciente burocracia que dificulta las restauraciones oficiales, el maestro destaca la vigencia del vitral único, aquel que juega con la luz natural —una materia prima viva que se transforma con cada hora del día— para crear una atmósfera emocional imposible de industrializar.
Aunque no cuenta con un relevo generacional directo entre sus tres hijos, Serra no percibe el cierre futuro del taller como un fracaso, sino como parte de la evolución natural, centrando sus esfuerzos en la docencia para asegurar que el conocimiento técnico siga circulando. Para él, la jubilación es un concepto ajeno: el trabajo diario le otorga el propósito, la estructura y la agilidad física que considera esenciales para envejecer con dignidad. Mientras sus manos sigan siendo capaces de interpretar las fracturas del vidrio y dialogar con la luz, Joan Serra seguirá abriendo cada mañana las puertas de su refugio creativo, demostrando que el oficio es, ante todo, un refugio de identidad.