El establecimiento de límites no es un mero acto de autoridad, sino una de las primeras experiencias psíquicas fundamentales para la organización del individuo. Según explica el médico psiquiatra Norberto Abdala, el ‘no’ recibido durante la infancia no representa una falta de afecto, sino una herramienta de contención que permite distinguir el deseo de la realidad. Cuando este aprendizaje falla, el adulto pierde su brújula interna, quedando vulnerable a dinámicas donde el propio deseo se anula por miedo a poner en riesgo el vínculo.

La incapacidad de marcar fronteras personales se traduce en costos tangibles para la salud, manifestándose a través de cuadros de ansiedad, agotamiento crónico y resentimiento acumulado. Cuando la palabra no logra expresar un ‘hasta acá’, el cuerpo suele tomar el relevo mediante síntomas psicosomáticos como el insomnio o dolores sin causa física aparente. En el extremo opuesto, quienes no toleran los límites ajenos suelen esconder una profunda fragilidad emocional que intenta compensarse mediante la imposición de su voluntad sobre los demás.

Alcanzar un equilibrio saludable implica desarrollar la capacidad de decir ‘no’ sin culpa y de aceptar una negativa sin percibirla como una agresión. Si bien poner límites conlleva el riesgo de alterar vínculos de dependencia, el costo de la sumisión es significativamente más elevado para el psiquismo. Abdala subraya que esta conducta no es un rasgo inamovible; mediante un abordaje profesional, es posible revisar estos esquemas y aprender que el límite, lejos de separar, es una de las formas más honestas de cuidar una relación.

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