En la actualidad, el ecosistema político se enfrenta a una preocupante ‘fatiga institucional’, donde la ciudadanía percibe a los partidos, sindicatos y parlamentos como meras maquinarias burocráticas alejadas de la realidad. Según el catedrático Daniel Innerarity, esta desafección ha dividido el debate en dos callejones sin salida: una tecnocracia que reduce la política a la simple gestión y un nihilismo rupturista que pretende destruir toda mediación en nombre de la autenticidad. Sin embargo, ambas posturas ignoran que la verdadera democracia requiere de estructuras sólidas que permitan articular la vida común más allá del descontento pasajero.
Frente a la tiranía de la inmediatez y la indignación que no genera cambios reales, es necesario reivindicar una ‘política de la duración’. Las instituciones no deben entenderse como moldes estáticos, sino como espacios de reactivación que vinculan el origen legitimador de una sociedad con las exigencias de las nuevas generaciones. Como advierte Innerarity, el compromiso que rechaza la mediación institucional desconoce la historicidad necesaria para que cualquier transformación sea fecunda y duradera; sin ese marco, la acción política se agota en agitaciones que no alteran el statu quo.
El desafío reside en que las propias instituciones recuperen su poder instituyente, abandonando la administración mecánica para volver a facilitar el acuerdo y la confrontación pacífica. Citando a Claude Lefort, se recuerda que la esencia de la democracia moderna es su capacidad de mantener abiertas las preguntas fundamentales. Rehabilitar las instituciones no es un acto de conservadurismo, sino el reconocimiento de que todo cambio real requiere tiempo y de un legado que cada generación debe reinterpretar, garantizando así una historia colectiva que trascienda la urgencia del presente.