Bajo el puente de Coney Island, el ruidoso y a veces caótico subte de Nueva York demostró que su mística sigue intacta. Durante dos días de octubre, la MTA transformó un depósito en una codiciada feria al aire libre donde miles de coleccionistas hicieron filas kilométricas para adquirir piezas de historia urbana. Con un límite estricto de 45 minutos por visitante, la cita anual se ha consolidado como un fenómeno de culto que convierte el mobiliario obsoleto y desgastado en preciados objetos de diseño para el hogar.
Entre la multitud destacó el cineasta Spike Lee, quien adquirió un cartel metálico de ‘Penn Station’ en honor a su equipo de básquet, los Knicks. El director rememoró sus años de juventud viajando en la red ferroviaria y bromeó sobre su impecable historial como pasajero que siempre pagó su boleto. No fue el único entusiasta: piezas emblemáticas como los asientos naranjas de plástico, valorados en 900 dólares, y los carteles de estaciones icónicas como Grand Central, con precios que pueden superar los mil dólares, volaron de los estantes ante la mirada de 4.000 asistentes.
Paul Dvoskin, director del programa de la MTA, explicó que esta iniciativa nació hace cinco años como una simple ‘venta de garaje’ para liberar espacio de almacenamiento, superando rápidamente todas las expectativas de la empresa pública. Para los compradores, la suciedad y el óxido de los objetos no son defectos, sino marcas de autenticidad. Para muchos neoyorquinos y nuevos residentes, llevarse a casa un fragmento del metro, ya sea un costoso letrero o una antigua MetroCard de seis dólares, es, en esencia, poseer un pedazo tangible del alma de la Gran Manzana.